domingo, 25 de mayo de 2014

EL OBSERVADOR.



Para Manuel sólo era un trabajo más. Mientras otros estudian 5 o 7 años para ejercer una carrera, Manuel había dedicado toda su vida para refinar y depurar esa acabada técnica. Todo el tiempo la estaba ejercitando, desarrollando, perfeccionando.

Manuel desde muy pequeño comenzó a observar.  Su primer objeto de estudio fue un gran cuadro de un Ojo que su padre atesoraba en el despacho, era como Un gran Hermano local, hogareño, casi como una presencia omnisciente y omnipresente. Le fascinaba observar esa pintura, analizar la composición del iris, la pupila, las cientos de líneas, detalles y pestañas que aquel ojo pintado poseía.  Lo obsesionaba.

A medida que fueron pasando los años Manuel progresivamente se ponía más observador, en ocasiones paseaba por horas y horas observando todo a su alrededor, la mayoría de sus paseos no tenían más de 15 metros, ya que se detenía en cada detalle en su camino, se acercaba y lo observaba, tenía la convicción de que con mucha practica y concentración algún día podría ver las cosas en sí, puras, verdaderamente como son, infinitas.

En la adolescencia ya se podría decir que era un observador profesional, siempre silencioso podía ver todos los detalles, por más mínimo que pareciera Manuel lo notaba, Cuadros, pinturas, casas, arboles, flores, símbolos, letras, todo era víctima de su intrépido y experto ojo.

A los 19 años al fin decidió dar el gran paso que lo convertiría en el hombre que es ahora,  convencido en sus capacidades y tratando de dejar sus miedos de lado Manuel comenzó a observar a las personas.

Eran las 10 am cuando con calma y un tanto excitado se sienta en la única mesa solitaria de un pequeño café a dos cuadras de la Candelaria. A su alrededor múltiples conversaciones componían una sinfonía de humanidad, banalidad, pero a Manuel no le interesaban las palabras, el era un observador.

Su primer sujeto de observación fue un hombre de unos 45 años que discutía con una mujer que al parecer era su esposa, tenía la nariz grande y su piel era oscura, Manuel podía ver cada poro de su piel, el sudor grado cerca de sus orejas, y  los pequeños bellos que salían de su nariz, también le llamo la atención 3 lunares cerca de su ojo izquierdo, parecían una constelación en aquel desierto de células cutáneas.

Más o menos a los 10 minutos que Manuel había comenzado su ejercicio de exploración y descubrimiento aquel hombre se percato de aquella mirada profunda, por lo cual rápidamente, casi como un espasmo fija sus ojos en los de Manuel.

Manuel en ese momento se dio cuenta de su poder, El podía ver a la gente. Verla de verdad. Era tanta la energía que Manuel tuvo que retirar la mirada al segundo, pero ese pequeño tiempo fue suficiente para entender que sus ojos eran especiales.

Desde ese momento Manuel pasaba todo el día y veces las noches observando a personas, mujeres, hombres, niños, ancianos, todos servían, todos se podían leer.

Es así como decidió emprender su particular negocio…

Una mañana puso un anuncio en el diario que decía lo siguiente:


Observo

Llámame +189 55689098


A los dos días recibió su primera llamada, Un tal Jorge un hombre relativamente joven que vivía junto a su esposa en un lujoso departamento en Chapineros, al nororiente de la ciudad. Acordaron que la cita sería el viernes 12 de julio a las 21:00 Hrs.

Manuel llego puntualmente a la hora acordada, Jorge lo hace pasar y le ofrece una copa de vino, Manuel como todo un profesional la rechaza con cortesía. De pronto aparece frente a sus ojos una hermosa mujer, no debió tener más de 30 años, sus ojos eran realmente hermosos.

La silla era bastante cómoda, era completamente de cuero y Jorge la ubico en la esquina izquierda de la habitación, en una posición perfectamente alineada para quien se sentase, pudiera observar la composición  total de la escena a ser observada.

La mujer entra completamente desnuda por la puerta del baño, como si quisiera ser observada pero no tan desinhibida como para experimentar con alguna prenda sugerente, sino más bien, queriendo simplificar su erotismo inherente.

Después de los primeros minutos de relación sexual, la bella mujer pone sus ojos en los grandes y luminosos ojos azules de Manuel, la mujer de inmediato comenzó a cambiar su conducta, sus movimientos comenzaros a ser mas curvos, más fuertes, como dejándose llevar por una ola, por un fluir univoco, la sinergia con su amante comenzó a complementarse cada vez más… Mientras tanto Manuel intentaba concentrar toda su energía en la observación misma sin dejarse llevar por la fuerte tensión sexual dentro de esa habitación.

La mujer se retorcía de placer, jugando con su lengua en sus labios, no le quitaba por un segundo la mirada a Manuel, no porque Manuel fuese un galán de primer nivel ni bien parecido, sino porque ella sabía perfectamente que esa mirada descubría sus deseos más íntimos y profundos. El sabia observar.
Después de ese episodio el teléfono no paro de sonar, día y noche, parejas de toda la ciudad requerían tan particular servicio, Manuel comenzó a ver cosas que ni siquiera hubiera imaginado que pudieran existir, pero sin embargo, su actitud era siempre la de un profesional, seguía su rutina al pie de la letra, siempre silencioso, atento a cada detalle, atento a cada mirada.

Así fue pasando el tiempo, el cansancio en sus ojos se podía notar a simple vista, se había transformado en un zombie, totalmente fuera de sí, sus miradas lo tocaban todo, lo aprehendían todo,  estaba tan cansado…
Un día Manuel despertó de madrugada, lentamente se incorporo a la realidad, descalzo camino desnudo hacia el baño de su habitación, extenuado, más viejo y quejumbroso, pero con la nobleza suficiente para enfrentar por primera vez su propio rostro, su propio ser, aquella fuente de inagotables miradas soberbias, obsesivas y posesivas. Sus ojos en el espejo, fijos, inquietos. Al principio por más esfuerzo que hacia 
Manuel no podía dejar de ver tan sólo a un espejo, un objeto, un cristal, lleno de pequeñas manchas de jabón y suciedad… un espejo, los ojos fijos en el espejo, los ojos fijos en los ojos, fijos en Manuel, Manuel se reconoce, sus ojos, su nariz, su boca, su frente y sus nuevas arrugas, su grasa facial, puntos negros, pestañas, brotes, folículos capilares infectados, barba, Manuel.

Los ojos fijos en los Ojos.

De pronto sin previo aviso comenzó aquel espectáculo de desdicha, aquella maravilla de humanidad, oda a la tristeza, una gota emerge lentamente de aquel ojo tan particular, mientras Manuel con el corazón destrozado observa como aquella lagrima rueda por sus mejillas, como ese fenómeno tan particular estaba ocurriendo en ese preciso instante, habilidad divina de la biología, performance de la contradicción.

Tanta desolación, tanta tristeza, tanta soledad, tanta soledad, sin embargo Manuel por más que intentaba expresar su desesperanza, ver su propio sufrimiento, no consiguió verse llorar, no pudo observar su  llanto, no pudo mirar su sufrimiento, sino tan sólo pudo ver una lagrima… tan sólo una lagrima…

Manuel no podía ver su sufrimiento.
No podía observar su causa.





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