Santiago, Marzo, 1799
El esclavo adormecido
se levanta con la noche, la sed es mucha producto de la bebida
alcohólica, suero necesario, liquido productor de euforia, amnesia de
sufrimiento.
Se dirige a la labor cotidiana con el resto de sus hermanos,
compañeros en la desgracia, mascotas trabajadoras. Los ojos del patrón lo
observan todo, omniscientes, tácitos.
La fatiga ya comienza antes del almuerzo, y las preguntas
nunca terminan, recuerda o más bien se inventa, aquel lugar posible, libre,
freso, viento en el rostro, simple, feliz.
Las cadenas ya no son necesarias, la cárcel es su cuerpo, su
quietud, su sumisión convertida en valor moral, premiada, ensalzada.
Los horarios lo persiguen y el castigo es impensable de
soportar.
Se alegra cuando descubre alguna migaja, alguna sobra de la
cena de los patrones, por momentos imagina, sueña, fantasea, que puede llegar a
vivir como ellos, sentarse en su mesa, mirar a los ojos, de igual a igual.
Hace todo lo posible, se esfuerza, convencido que su trabajo
y esfuerzo algún día será reconocido.
Oculta de sus compañeros los mejores lugares para cosechar,
aquel esclavo se ha vuelto egoísta, lo han engañado, lo han seducido con el
brillo del oro, le han quitado su dignidad.
Pobre esclavo, pobre hombre, pobre, pobre, pobre-
Fe de erratas: Santiago, Marzo, 2014